Un refugio en la tormenta

Sobre Salmo 46:1

Hay algo que casi nadie confiesa en voz alta: lo cansado que es aparentar que estás bien.

Te levantas, cumples, respondes “todo bien” cuando te preguntan, y por dentro sientes que vas cargando algo que no cabe en palabras. Puede ser una preocupación que no te deja dormir, una relación que se rompió, una noticia que te cambió la vida, o simplemente ese peso sin nombre que se te sienta en el pecho apenas amanece. Y lo peor no siempre es la tormenta en sí; muchas veces lo que más agota es enfrentarla solo, sonriendo por fuera mientras por dentro te estás cayendo.

Si así te sientes hoy, quiero decirte algo antes de seguir: eso que llevas es real. No es exageración, no es debilidad, no es falta de fe. Es una tormenta de verdad. Y precisamente por eso quiero hablarte de un lugar donde esconderte.

Dios no es un refugio para después de la tormenta

Hay una frase en la Biblia que se volvió el corazón de esta iglesia, hasta le dio el nombre:

“Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, siempre está dispuesto a ayudar en tiempos de dificultad.” (Salmo 46:1 Nueva Traducción Viviente)

Léela otra vez, despacio, y fíjate en cuatro palabras: en tiempos de dificultad. No dice que Dios ayuda cuando ya pasó la tormenta, cuando por fin te calmaste, cuando lograste ordenar tu vida. Dice que está dispuesto a ayudar en la dificultad, mientras el agua todavía sube.

Casi todos crecimos con la idea contraria. Pensamos que hay que llegar a Dios arreglados: primero resolver, primero dejar de llorar, primero merecerlo. Y entonces posponemos el único refugio que sí aguanta, esperando un momento bueno que nunca llega. Pero un refugio no es para cuando ya estás a salvo; es para correr a él justo cuando la vida golpea. Es adonde vas cuando ya no puedes solo.

La fe no niega la tormenta

Algo hermoso de ese salmo es que no finge. No te dice “no pasa nada” ni “piensa positivo”. Mira cómo sigue:

“Por lo tanto, no temeremos cuando vengan terremotos y las montañas se derrumben en el mar. ¡Que rujan los océanos y hagan espuma! ¡Que tiemblen las montañas mientras suben las aguas!” (Salmo 46:2-3 Nueva Traducción Viviente)

Terremotos, montañas cayéndose, océanos rugiendo. El salmo nombra el desastre con todas sus letras. La fe no es cerrar los ojos y hacer como que la tormenta no existe; la fe es saber quién está contigo mientras todo tiembla. Puedes tener miedo y refugio al mismo tiempo. Puedes estar temblando por fuera y sostenido por dentro.

No estás pasando por esto solo

Hay una promesa en Isaías que parece escrita para los días difíciles:

“Cuando pases por aguas profundas, yo estaré contigo. Cuando pases por ríos de dificultad, no te ahogarás. Cuando pases por el fuego de la opresión, no te quemarás; las llamas no te consumirán.” (Isaías 43:2 Nueva Traducción Viviente)

Fíjate que no dice “si” pasas por aguas profundas, sino “cuando”. Dios no te promete una vida sin tormentas; sería mentira, y Él no miente. Lo que te promete es algo mejor: que no las vas a atravesar solo, y que la palabra clave es “pasar”. No te vas a quedar ahí para siempre. Es un río que se cruza, no un pozo donde te hundes.

Y si sientes que ya estás roto, que la tormenta te ganó, escucha esto:

“El Señor está cerca de los que tienen quebrantado el corazón; él rescata a los de espíritu destrozado.” (Salmo 34:18 Nueva Traducción Viviente)

Dios no está más cerca de los fuertes. Está cerca del que tiene el corazón hecho pedazos. El refugio no es un premio para los que lo tienen todo resuelto; es un abrazo para los que ya no pueden más.

Lo único que el refugio te pide

Quizá te preguntes qué tienes que hacer para entrar. Y la respuesta va a sorprenderte, porque es casi nada:

“¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios!” (Salmo 46:10 Nueva Traducción Viviente)

Quédate quieto. No “arréglalo todo primero”, no “ten más fe”, no “deja de sentir lo que sientes”. Solo detente un momento, respira, y deja que Dios sea Dios. En medio del ruido de tu tormenta hay una voz que te dice que puedes soltar el control por un instante, porque hay Alguien más grande sosteniendo lo que a ti se te sale de las manos.

Ese refugio tiene un rostro

Y por si todo esto todavía te suena lejano, quiero mostrarte que este refugio no es una idea: tiene cara y tiene nombre. Es Jesús, que dijo:

“Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso.” (Mateo 11:28 Nueva Traducción Viviente)

No llamó a los que estaban bien. Llamó a los cansados, a los cargados, a los que van arrastrando la vida. A ti. Y esos brazos que te reciben no se cansan ni te sueltan:

“El Dios eterno es tu refugio, y sus brazos eternos te sostienen.” (Deuteronomio 33:27 Nueva Traducción Viviente)

Antes de que cierres esto

Si llegaste hasta aquí cansado, aparentando, aguantando una tormenta que nadie más ve, quiero que sepas que hiciste bien en no seguir solo. Aquí no te vamos a pedir que estés fuerte ni que finjas que todo está bien. Aquí todos somos bienvenidos, tal como llegamos, en medio de nuestra propia tormenta.

Antes de irte, te dejo una oración. Si quieres, hazla tuya, despacio, aunque sea en un susurro:

Dios, estoy cansado y no siempre sé cómo decirlo. Hoy dejo de aparentar delante de Ti. Vengo con mi tormenta tal como está, y me refugio en Ti. Gracias porque no tengo que esperar a estar bien para acercarme. Quédate conmigo mientras paso por esto, y ayúdame a descansar sabiendo que Tú eres más grande que lo que me asusta. En el nombre de Jesús, amén.

La puerta de este refugio se queda abierta. Vuelve cuando quieras. Aquí hay lugar para ti.

Por: Camilo Fonseca – Pastor en Formación

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