Lo que de verdad nos contamina

Sobre Marcos 7:14-23

Si creciste cerca de la iglesia, seguramente aprendiste pronto una lista: esto sí, esto no. Esta música no la escuches, esa bebida no la tomes, con esa gente no te juntes, eso no lo veas. Y detrás de esa lista casi siempre había un miedo: el miedo a ensuciarte, a contaminarte, a que algo de afuera te dañara por dentro y te alejara de Dios.

Es una pregunta honesta, y hoy quiero responderla contigo, pero no como quizás la respondieron antes. Porque cuando a Jesús le pusieron exactamente este tema sobre la mesa —qué nos contamina y qué no—, dio una respuesta que a muchos les voló la cabeza, y que sigue siendo una de las más liberadoras de todo el evangelio.

Jesús le dio la vuelta a la pregunta

En los días de Jesús, la religión estaba obsesionada con la contaminación de afuera. Había comidas impuras, reglas para lavarse las manos, cuidado extremo con a quién tocabas y con quién comías. Todo giraba en torno a mantenerse limpio por fuera. Y en medio de esa mentalidad, Jesús dijo algo que rompió el molde:

“Lo que entra en el cuerpo no es lo que los contamina; ustedes se contaminan por lo que sale de su corazón.” (Marcos 7:15 Nueva Traducción Viviente)

Sus propios discípulos quedaron confundidos, así que lo explicó todavía más claro:

“¿No se dan cuenta de que la comida que introducen en su cuerpo no puede contaminarlos? La comida no entra en su corazón, sólo pasa a través del estómago y luego termina en la cloaca.” (Marcos 7:18-19 Nueva Traducción Viviente)

Y el que escribió el evangelio agregó una nota que lo cambia todo: al decir esto, Jesús “declaró que toda clase de comida es aceptable a los ojos de Dios” (Marcos 7:19 Nueva Traducción Viviente). En una sola frase, borró siglos de listas de comida impura. No hay alimento sucio que ensucie tu alma. Ninguno.

Entonces, ¿Qué sí nos contamina?

Jesús no se quedó solo en el “no”: nos dijo dónde está la verdadera batalla.

“Es lo que sale de su interior lo que los contamina. Pues de adentro, del corazón de la persona, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, el robo, el asesinato, el adulterio, la avaricia, la perversidad, el engaño, los deseos sensuales, la envidia, la calumnia, el orgullo y la necedad. Todas esas vilezas provienen de adentro; esas son las que los contaminan.” (Marcos 7:20-23 Nueva Traducción Viviente)

¿Te fijas? Ninguna de esas cosas entra por la boca ni por los oídos. Todas nacen adentro, en el corazón. Eso cambia por completo cómo miramos el tema. La pregunta ya no es “¿qué cosa de afuera debo evitar para no ensuciarme?”, sino “¿qué está creciendo dentro de mi corazón?”. Y esa es una noticia buenísima, porque significa que Dios no está vigilando tu menú ni tu lista de canciones: está cuidando tu corazón, que es lo que de verdad importa.

Con esa luz, mira cómo se ve cada una de las cosas que te preguntabas.

La comida y la bebida

Aquí el evangelio ya te dejó libre: no existe comida que contamine tu espíritu. Puedes soltar esa carga. Lo que sí nos hace daño no es que una sustancia ensucie el alma, sino cuando algo empieza a dominarnos. Pablo lo dijo así:

“Se me permite hacer cualquier cosa, pero no todo les conviene. Y aunque se me permite hacer cualquier cosa, no debo volverme esclavo de nada.” (1 Corintios 6:12 Nueva Traducción Viviente)

Ahí está la clave: no es pureza, es libertad. El problema de emborracharse, por ejemplo, no es que el licor sea “impuro”, sino que te esclaviza, te roba el dominio de ti mismo y maltrata tu cuerpo, que no es cualquier cosa:

“…su cuerpo es el templo del Espíritu Santo, quien vive en ustedes y les fue dado por Dios? Ustedes no se pertenecen a sí mismos, porque Dios los compró a un alto precio. Por lo tanto, honren a Dios con su cuerpo.” (1 Corintios 6:19-20 Nueva Traducción Viviente)

Por eso Pablo contrapone la borrachera, que te apaga, con estar lleno del Espíritu, que te da vida: “No se emborrachen con vino, porque eso les arruinará la vida. En cambio, sean llenos del Espíritu Santo” (Efesios 5:18 Nueva Traducción Viviente). No es una prohibición para amargarte; es un Padre cuidando que nada te esclavice.

La música

Ningún ritmo es malo en sí mismo. No hay géneros “del diablo” ni acordes contaminados; la música es un regalo de Dios. La pregunta real nunca es la etiqueta, sino qué le estamos dando de comer al corazón y a la mente día tras día:

“Concéntrense en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza.” (Filipenses 4:8 Nueva Traducción Viviente)

Es cuestión de contenido, no de categoría. Y esto no se trata de que alguien te prohíba tu música, sino de que, mientras creces, tú mismo empieces a preguntarte con libertad: esto que escucho tanto, ¿me está llenando de algo bueno o me está vaciando por dentro? Nadie te impone una lista; el Espíritu te va afinando el oído.

Las personas

Las personas sí influyen en nosotros, y la Biblia no lo esconde:

“No se dejen engañar por los que dicen semejantes cosas, porque las malas compañías corrompen el buen carácter.” (1 Corintios 15:33 Nueva Traducción Viviente)

Por eso nos invita a cuidar lo que dejamos entrar: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque éste determina el rumbo de tu vida” (Proverbios 4:23 Nueva Traducción Viviente). Pero aquí hay que tener mucho cuidado con una trampa. Jesús se sentó a comer justamente con la gente que todos señalaban como “contaminante” —los despreciados, los pecadores, los que nadie quería cerca— y no se contaminó: los sanó, los levantó, los amó.

Así que sabemos distinguir dos cosas muy distintas: una influencia de la que me cuido, y una persona a la que amo. Cuidamos nuestro corazón de lo que nos arrastra, sí; pero jamás llamamos “basura” ni “veneno” a un ser humano. En este refugio nunca demonizamos a las personas. Cuidamos las influencias; amamos a la gente.

La pornografía

Y llegamos a esto, que es distinto a todo lo anterior, porque no es un tema de afuera. Fíjate que en la lista de Jesús aparecen la inmoralidad sexual y los deseos sensuales: nacen del corazón, y por eso Él mismo los llamó verdadera contaminación. La pornografía no ensucia como un alimento; hiere desde adentro, moldea la forma en que ves a las personas, y te va robando la libertad y la intimidad real.

Y precisamente porque es una herida del corazón, aquí no la tratamos con vergüenza ni con el dedo levantado. Si es tu lucha, no eres sucio ni eres un caso perdido: eres una persona amada peleando una batalla que muchísimos pelean en silencio. Y hay salida; no con más culpa, sino con la gracia que limpia por dentro y con acompañamiento real. Aquí lo puedes hablar sin miedo a ser juzgado.

La respuesta de Dios nunca fue una lista más larga

Si te fijas, la solución que dio Jesús no fue agregar más reglas externas. Ese fue justamente el camino de los fariseos —más prohibiciones, más listas, más miedo a ensuciarse—, y Jesús lo rechazó. Su respuesta fue mucho más profunda: un corazón nuevo. No pulir la cáscara, sino limpiar el centro. Es el clamor más honesto de toda la Biblia:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí.” (Salmo 51:10 Nueva Traducción Viviente)

Esa es la diferencia entre una religión de reglas y el evangelio de la gracia. La religión te dice: límpiate por fuera y quizás Dios te acepte. El evangelio te dice: ven como estás, y Dios te limpia por dentro. Lo primero agota; lo segundo transforma.

Antes de que cierres esto

Así que no vivas con miedo a contaminarte con cada cosa que tocas, comes o escuchas. Vive, mejor, cuidando tu corazón, que es donde de verdad se juega todo. No para cargarte de reglas, sino para que seas libre: libre de las esclavitudes, libre de la vergüenza, libre para amar a las personas sin demonizarlas, y libre para dejar que Dios te limpie por dentro, algo que ninguna lista pudo hacer jamás.

Si algo de lo que leíste tocó una lucha tuya, no la cargues solo. Te dejo una oración; hazla tuya, despacio:

Dios, no quiero vivir con miedo a ensuciarme, sino con un corazón limpio delante de Ti. Tú conoces mis luchas, incluso las que no le he contado a nadie. Líbrame de todo lo que me esclaviza y crea en mí un corazón nuevo. No quiero pulir la cáscara; quiero que limpies mi centro. Gracias porque me recibes tal como estoy y me amas demasiado para dejarme igual. En el nombre de Jesús, amén.

Aquí no te vamos a dar una lista. Te vamos a señalar a Cristo, que limpia el corazón. Y la puerta se queda abierta. Aquí hay lugar para ti.

Por: Camilo Fonseca – Pastor en Formación

 

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