Ven tal como estás

Hay una frase que Jesús dijo hace dos mil años y que sigue encontrando gente en el peor día de su vida. Quiero que la leas despacio, como si te la estuviera diciendo a ti, hoy, en voz baja:

«Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso.» — Mateo 11:28 (Nueva Traducción Viviente)

Detente un momento y mira bien a quién está llamando.

No dijo: vengan los buenos. No dijo: vengan los que ya creen bien. No dijo: vengan los limpios, los que tienen la vida en orden y la conciencia tranquila. No puso una lista de requisitos en la puerta.

Dijo: vengan los cansados.

¿Te das cuenta de lo que eso significa? Que el único requisito para acercarte es exactamente lo que hoy sientes que te descalifica. Estás cansado. Llevas tiempo cargando algo pesado. Y eso que tú vives como tu vergüenza, resulta que era tu invitación. Ya cumples. Desde hace rato.

Lo que Él ofrece no es lo que uno espera

Uno esperaría que, después de un llamado así, viniera la letra menuda: un sermón, una lista de reglas, un plan de doce pasos, un contrato con condiciones. Pero no. Mira lo que ofrece:

Descanso.

Nada más y nada menos. Porque Jesús sabía algo que a nosotros nos cuesta reconocer: que la mayoría de la gente no está lejos de Dios por rebelde, sino por agotada. Ya no le quedan fuerzas ni para intentarlo una vez más. Si ese eres tú —y quizá lo eres, porque llegaste hasta aquí— entonces esta frase se escribió pensando en ti.

Quién es el que invita

Es fácil imaginar a Dios de brazos cruzados: serio, decepcionado, con cara de «otra vez tú», llevando la cuenta de todo para pasártela un día. Si esa es la imagen que tienes en la cabeza, quiero decirte con respeto y con tristeza que te la enseñaron mal, porque esa mentira ha alejado a más gente que cualquier otra cosa.

En la misma frase, Jesús se describe a sí mismo. Y no usa las palabras que usaría un poderoso:

«…soy manso y humilde de corazón.» — Mateo 11:29 (Nueva Traducción Viviente)

Ese es el corazón al que te acercas. No una fortaleza fría que te examina desde arriba, sino un corazón abierto que se agacha hasta donde estás. La Biblia lo describe así de claro:

«El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y está lleno de amor inagotable.» — Salmo 103:8 (Nueva Traducción Viviente)

Léelo otra vez: lento para enojarse. No rápido, no con el dedo listo esperando que falles. Lento. ¿Cuánta gente conoces así? Y no solo es paciente: se acerca justo a los que están peor, no a los que están mejor.

«El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido.» — Salmo 34:18 (Nueva Traducción Viviente)

Cerca. No lejos, esperando a que te repares para volver a hablarte. Cerca justo cuando estás roto, que es precisamente cuando tú crees que Él está más lejos.

Sí, pero yo no

Sé que puede haber una voz dentro de ti diciendo: bonito todo, pero él no sabe lo mío.

Entonces déjame hablarte directo. No importa lo que traigas puesto. No importa cuántas veces juraste que era la última y volviste. No importa quién crees que te has vuelto, ni eso que ni te atreves a nombrar, eso por lo que estás seguro de que si Él supiera te cerraría la puerta en la cara.

Escúchame bien: Él ya lo sabe. Y aun así te está esperando. No para juzgarte, ni para cobrarte, ni para restregarte nada. Te está esperando para abrazarte, para sanar lo que está roto y levantar lo que se cayó.

Porque un refugio no le pregunta a nadie de qué viene huyendo antes de abrirle la puerta. Solo abre.

Entonces, ven

Puedes acercarte ya. Así como estás, con las manos vacías, sin arreglarte primero. Lo demás viene después, con calma y a tu ritmo, y no viene de un reglamento ni de alguien que te va a estar vigilando: viene de Él. Dios no arregla a nadie desde afuera. Primero te abraza, y ese abrazo es el que empieza a cambiarlo todo.

Y si quieres hablarle, puedes hacerlo ahora mismo. No hay una forma correcta. No tienes que arrodillarte ni usar palabras bonitas; Dios no está evaluando tu técnica, está esperando tu voz. Si no sabes por dónde empezar, te dejo unas palabras. No las repitas por repetir: léelas, y si alguna es verdad en ti, dísela.

Dios, No sé bien cómo se hace esto. No vengo con nada que ofrecerte. Vengo cansado, y con cosas que me da vergüenza que sepas, aunque me dicen que ya las sabes. Estoy cansado de cargar esto solo. Si es cierto que me estabas esperando, aquí estoy. Recíbeme como estoy, porque de otra forma no sé venir. Y si es verdad que puedes sanar lo que se rompió, empieza por mí.

Si dijiste eso —aunque haya sido a medias, aunque no sintieras nada— Él te escuchó. Y no te está pesando ni midiendo. Te está abrazando.

Bienvenido a casa.

Esto es Refugio Eterno. Y aquí todos somos bienvenidos: sin importar cómo estés, cómo seas ni lo que hayas hecho. Todos. Sin excepción. Tú también.

Por: Camilo Fonseca – Pastor en Formación

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